Entre el tratamiento y la magia: dos formas de sanar.
Nunca me ha gustado clasificar las cosas. O, mejor dicho, me fascina hacerlo. Ambas afirmaciones me resuenan, sobre todo cuando hablo de terapia. ¿Por qué? Porque la clasificación tiene un poder revelador y limitante a la vez. Nos ayuda a entender, pero también a encerrar dentro de etiquetas lo que quizá no debería ser contenido.
En la práctica clínica, con el tiempo me he dado cuenta de que las sesiones de fisioterapia pueden dividirse en dos grandes tipos, aunque cada una es única, como lo es cada persona que cruza la puerta.
Las sesiones de lesión: cuando el foco es el problema.
El primer tipo es el más evidente. El paciente llega con una lesión: un hombro congelado, una rodilla inflamada, una hernia discal, una columna vertebral que grita su malestar. El objetivo está claro: aliviar, desbloquear, restaurar la función. Aquí el trabajo es más metódico, tiene un enfoque concreto.
Evaluamos, encontramos la raíz del problema, tratamos y equilibramos. Son sesiones necesarias, importantes pero, en cierto sentido, están delimitadas por el síntoma, por la urgencia de la dolencia. Es el tipo de sesión que responde a la pregunta: ¿Cómo resuelvo esto?
Las sesiones mágicas: cuando el cuerpo y la mente conversan.
Y luego están las otras sesiones. Las que llamo mágicas. No porque haya trucos o misterio, sino porque en ellas se abre un espacio distinto.
El paciente llega sin una lesión concreta o con una molestia sutil, una sensación de que algo no está del todo bien. Y ahí ocurre la maravilla. No tratamos un problema aislado, sino que exploramos. Testamos, verificamos qué falta, sentimos el cuerpo como un mapa lleno de huellas, buscamos las rigideces que han quedado atrapadas en su historia y las flexibilizamos.
Aquí no hay prisa, no hay urgencia de resolver algo específico. Hay escucha, hay diálogo con el cuerpo. Y en esa comunicación sin palabras sucede algo hermoso: el paciente se encuentra a sí mismo de otra manera. Se siente más libre, más ligero, como si algo hubiera cambiado en su estructura y, al mismo tiempo, en su manera de habitarse. Es el tipo de sesión que responde a la pregunta: ¿Cómo puedo estar mejor?
Las manos como antenas del alma.
Hay algo que siempre me ha fascinado de la terapia manual: la capacidad de las manos para transformar el dolor en otras sensaciones. A veces lo olvido, pero luego encuentro textos como este que me lo recuerdan con toda su verdad:
– Abuela, ¿Cómo se afronta el dolor?
– Con las manos, querida. Si lo haces con la mente, el dolor se endurece aún más.
– ¿Con las manos, abuela?
– Sí, sí. Nuestras manos son las antenas de nuestra alma. Cuando las mueves cosiendo, cocinando, pintando, tocando la tierra o hundiéndolas en ella, envían señales de cuidado a lo más profundo de ti y tu alma se calma. Así ya no tiene que enviar dolor para demostrarlo.
– ¿Tan importantes son las manos?
– Sí, mi niña. Piensa en los bebés: aprenden sobre el mundo gracias al tacto. Si miras las manos de las personas mayores, te cuentan más sobre su vida que cualquier otra parte del cuerpo. Todo lo que se hace con la mano, dicen, se hace con el corazón, porque realmente es así: manos y corazón están conectados. Los masajistas lo saben: cuando tocan el cuerpo de otra persona con sus manos, crean una conexión profunda. Piensa en los amantes: cuando sus manos se tocan, hacen el amor de la forma más sublime.
– Mis manos, abuela… ¡Cuánto tiempo hace que no las uso así!
– Muévelas, mi niña, empieza a crear con ellas y todo dentro de ti se moverá. El dolor no desaparecerá. Pero será la mejor obra maestra. Y ya no dolerá. Porque habrás conseguido bordar tu esencia.
Cuando leemos esto, entendemos que la terapia manual no es solo una técnica. Es un arte, es un diálogo silencioso entre el terapeuta y el paciente, entre las manos que sienten y el cuerpo que responde. No tratamos músculos, tendones o fascias. Tocamos historias, memorias, emociones atrapadas en los tejidos.
Entre la ciencia y la intuición.
Claude Bernard decía: «El que no sabe lo que busca, no entiende lo que encuentra». Y en la terapia esto es un juego de equilibrios. Porque hay que saber buscar, pero también hay que saber sentir lo que se encuentra.
A veces, en la rigidez de la medicina basada en la evidencia, olvidamos que hay aspectos de la salud que no pueden medirse con un test o un protocolo. La fisioterapia no es solo técnica, es arte… no es solo biomecánica, es sensibilidad. Y esa sensibilidad es la que permite que, en ciertos momentos, la terapia trascienda la simple intervención y se convierta en algo más profundo.
Tal vez, al final, no se trate de clasificar las sesiones sino de comprender que, en cada una de ellas, hay algo de ambas. En toda lesión hay una oportunidad para la magia, y en toda sesión mágica hay un cuerpo que pide ser escuchado, tratado, sanado.
Lo maravilloso de la terapia manual es que buscando aliviar un dolor, acompañamos a la persona en un proceso de reencuentro con su propio cuerpo. Cuando una sesión se convierte en un espacio de exploración, cuando el paciente se siente entendido más allá del síntoma, sucede algo que no se puede medir en escalas de dolor ni en rangos de movilidad: sucede la transformación.
Quizá, más que dividir las sesiones en dos tipos, deberíamos preguntarnos cuántas de ellas nos permiten volar. Porque cuando paciente y terapeuta entran en ese estado de conexión y fluidez, el tratamiento deja de ser solo una intervención física y se convierte en un diálogo profundo entre el cuerpo y la historia que lleva dentro.
«Conocemos todas las teorías, dominamos todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, debemos ser apenas otra alma humana.»
Carl Gustav Jung







4 comentarios. Dejar nuevo
Silvana, confirmo el poder de tus manos. Tú conmigo haces magia.
Gracias por tu artículo Silvana
Como paciente, desde hace muchos años, y amiga casi desde entonces de Silvana, puedo afirmar cada palabra de este escrito.
No soy la misma al entrar que al salir. Mi cuerpo rejuvenece al ser tratados por unas manos expertas que entretejen las diversas partes del cuerpo mientras escuchan la melodía del alma.
No sé si todos los fisioterapeutas funcionan como Silvana, lo que sé es que, después de tratarme ella, no quiero buscar más allá.
gracias, Silvana, por armonizar mi cuerpo y mi alma en tus sesiones.
q satisfacción leerte
un abrazo muy fuerte